Las
gotas de una tenue lluvia bohemia salpicaban las calles de Paris, que brillaba
bajo las nubes grises de un firmamento que una vez más se había propuesto
llenar sus calles de agua y magia, una combinación harto común en dicha ciudad.
La bella Notre Dame tañía sus campanas de cristal en un atardecer rojo que iba
dejando paso a las luces que tenuemente se hacían con el dominio de las sombras de los
edificios.
Las
farolas iluminaban tímidamente los rostros de todos aquellos afortunados, que
vivían en el lugar donde el amor va de la mano con todas las ilusiones que se
han perdido entre besos, despedidas, sonrisas, reencuentros y demás emociones
que aun a día de hoy se niegan a abandonar las faldas de la querida dama
llamada Eiffel.
Entre
todos ellos estaba cierto chaval, las gotas le llovían en la cara mientras este
abría los ojos y suspirando veía desvanecerse el poco calor que conservaba su
cuerpo en forma de vaho. Se detuvo a pensar por un momento que ese humillo estaba
tomando la silueta de aquella mujer de tez blanca que tantas veces se había
robado su atención y probablemente su corazón.
El muchacho
se levanto con parsimonia del banco donde estaba situado y hecho andar hacía
cierto bar donde tantas veces se había escondido de las aflicciones que le
rodeaban. Los arboles se mecían suavemente con la brisa del otoño y el no pudo
evitar pensar en que el movimiento de estos era parecido al cabello azabache en
el que tantas veces había disfrutado perdiéndose. Entro por la puerta de su pequeño
refugio. Ordenó un café solo, como le gustaba a él, y dulce, con tres terrones
y un poco de leche como le gustaba a ella.
Acaricio
la taza mientras la noche tomaba posesión de las calles circundantes. La brisa empezó
a soplar junto con una tenue frialdad, mientras esta, iba desapareciendo de su
cuerpo a medida que se calentaba con ese néctar marrón, un color que le
hipnotizaba cada vez que lo miraba fijamente, ya fuera en aquella taza, o en
los ojos de cierta mujer, los cuales no alcanzaban a tener final una vez
navegaras dentro de ellos. De repente deseo que estuviera ahí para poder
sostener sus dedos, sabía que estarían fríos y el viejo truco de las manos en
el café nunca fallaba para hacerla sentir un poco mejor.
De
repente la campanilla del establecimiento dio paso a un sonar de tacones que
bien conocía. Como siempre se había hecho de rogar y mientras su chaqueta larga
de invierno ocultaba la hermosa silueta de guitarra, él se imaginaba a sí mismo
como músico de aquel instrumento. En un suave desliz transcurrieron unos
segundos que pasaron desapercibidos a sus 5 sentidos. Ella se sentó, le sonrió
y empezaron a hablar una vez más como si el tiempo hubiera dejado su puesto de
trabajo libre y estuviera de paseo con la felicidad.
La llama
de la vela bailaba en el centro de la mesa al ritmo de un saxofón que jugaba con la noche, y mientras
el observaba su sonrisa meciéndose entre sus cachetes se aventuro a sacar un
anillo de su chaqueta mojada, lo abrió delante suya y en ese instante la ciudad
se cobraba una vez más otra historia cargada de magia e ilusión mientras ella respondía:

