La tenue luz del día se colaba poco a poco por las aberturas
de la ventana de la habitación de aquel joven artista, el cual apenas acababa
de despertar de su encuentro onírico con la musa que le visitaba cada noche. Dispuesto
a continuar su obra se levanto, aseo y agarro sus útiles para perfeccionar por última vez la obra
maestra que se atrevió a abordar en algún momento de su vida.
Recordaba su pequeña estatura que le hacia sentir un gigante
a su lado, y así lo había plasmado en la figura, de un tamaño medio que lograba causar un efecto de adorabilidad pero
lo suficientemente justo en anchura para lograr un cuerpo que seria atractivo a
vista de los mortales.
Poco a poco fue plasmando el bailar de sus caderas y aquella
cintura que hipnotizaba a todo aquel desdichado que se atreviera a cruzarse con
ella, unas caderas que ni el propio Vivaldi se hubiera atrevido a tocar por
temor al carácter de semejante instrumento. Asimismo perfilo sus manos pequeñas
y dulces que tantas veces lo habían consolado cuando necesitaba sentir el
contacto de alguien calido y cercano.
Tallo con mucho mimo y cariño sus ojos en los cuales
disfrutaba perderse en su infinidad, trato de recrear su pelo que era tan
indomable como su propio carácter, y por supuesto la sonrisa que lo había cautivado
desde el primer momento en que la vio porque en sus pensamientos, el mero hecho
de que ella le sonriera, era suficiente pretexto para realizar cualquier reto titánico
que se le presentara por delante.
Esta musa estaba plasmada en la piedra de tal manera que
recreaba la posición exacta que utilizaba cuando charlaban de mil y una
historias que hubieran envidiado a la mismísima sherezade, y observando su
creación final, sabía que en realidad nunca la acabaría pues siempre hallaría mas
detalles que plasmar, sin embargo y sintiéndose atraído por querer ponerle un
nombre a su obra, escribió desde lo mas profundo: Just her
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